26/12/15
LÁPIZ, ALCOHOL, LLAMAS.
Será por la mezcla de rojos y amarillos de este fuego bailarín o por el recorrido serio y certero del ron con hielo, pero tengo un pensamiento quemándome la piel y una mirada que, a veces, se me pierde sin querer. Lápiz, alcohol, llamas. Más alcohol, más llamas, el lápiz corriendo solo. Y mientras más llena de alcohol y llamas, más brío tiene mi lápiz. Descontrolado. Entonces, ¿Qué esperas que te diga si estuvieras aquí ahora? Si vieras como yo veo el hielo derretirse, mis piernas semiabiertas, el hielo desapareciendo, mis piernas abiertas, el vaso sin hielo...Me gustaría que probaras el ron, sin rozar el cristal, sin sentir el hielo. Sería un beso suave, lento como el sopor cuando sube a la cabeza. Si estuvieras aquí. Ahora. Hablaríamos de la hormiga que me sube por el hombro y se escurre hacia el pecho, y dejaría que simularas con tus dedos sus patitas de hormiga perdida. Si estuvieras aquí. Ahora ... Sería tu lápiz.
23/12/15
GRACIAS
Doy las gracias por este sol que calienta mis mejillas con cuidado, casi acariciándolas. Por este sol de sosiego alegre, que detiene y limpia al tiempo de su pasado imperfecto.
Doy las gracias al color verde, a todo lo que pinta de hierba viva el paisaje de mi paraíso.
Doy las gracias a ese pájaro desconocido con canto de hurraca, al roce de las patitas de las moscas, a sus alas cansinas, al baile lento de las ramas y a los ladridos de perros lejanos. Que no, que no perturban.
Gracias al abrazo blando, a la compañía de musgo de las montañas, a los sonidos impropios que rebotan en sus pechos de arbustos y flores.
Gracias a esta naturaleza viva o a esta vida natural, a este micro universo sin grietas ni fisuras, sin contaminación política, sin dinero, sin esperas, sin decepciones, sin necesidades artificiales, sin expectativas, sin leyes humanas.
Gracias también al cielo, siempre azul de día, siempre estrellado de noche. Siempre tan cielo. Simplemente cielo. En él, mis deseos. A él, mis miedos.
Gracias al silencio por presentarme a mi yo perdido, por encontrarme las piezas sueltas de un alma que no encajaba.
Gracias a la soledad, que me dio la oportunidad de amarme incondicionalmente y de amar sin condición. Y gracias a este tiempo sin horas por convertir sensaciones en estados infinitos.
Doy las gracias al color verde, a todo lo que pinta de hierba viva el paisaje de mi paraíso.
Doy las gracias a ese pájaro desconocido con canto de hurraca, al roce de las patitas de las moscas, a sus alas cansinas, al baile lento de las ramas y a los ladridos de perros lejanos. Que no, que no perturban.
Gracias al abrazo blando, a la compañía de musgo de las montañas, a los sonidos impropios que rebotan en sus pechos de arbustos y flores.
Gracias a esta naturaleza viva o a esta vida natural, a este micro universo sin grietas ni fisuras, sin contaminación política, sin dinero, sin esperas, sin decepciones, sin necesidades artificiales, sin expectativas, sin leyes humanas.
Gracias también al cielo, siempre azul de día, siempre estrellado de noche. Siempre tan cielo. Simplemente cielo. En él, mis deseos. A él, mis miedos.
Gracias al silencio por presentarme a mi yo perdido, por encontrarme las piezas sueltas de un alma que no encajaba.
Gracias a la soledad, que me dio la oportunidad de amarme incondicionalmente y de amar sin condición. Y gracias a este tiempo sin horas por convertir sensaciones en estados infinitos.
5/12/15
COMO UN ORGASMO.
"Si tanto te gusta, ¿por qué no escribes?, ¿por qué no dedicarte a ello? " No lo sé. No sé qué responder y quisiera no tener que hacerlo. Sin embargo, ante estas intromisiones, mi cuerpo reacciona, flojea, cae. Deseo el silencio a cualquier excusa mediocre, pero en el nivel de las conversaciones banales, la gente no admite lo profundo. Así que les doy lo que me piden o esperan escuchar; "la culpa no es mía, es de mis circunstancias". Ellos se quedan tan panchos mientras yo empacho de vacío. Quizá sea la verdad que duele y anula cuando no es bien recibida. Tal vez, tengan razón y debería apretar la pluma como quien empuña un paraguas en los días de viento y lluvia. Pero prefiero mojarme.
Digo que la escritura no se merece la obligación ni la rutina. Al menos no desde mi perspectiva. Porque resulta que las letras pueden buscarme pero yo no sé dónde encontrarlas. Nacerán en algún lugar inexistente, allá en el centro de la explosión entre los recuerdos y el momento presente, supongo. Lo que les cuesta salir a las jodidas. Lo que sufro cuando me siento sola y no las veo, cuando quiero expulsar y ellas insisten en entrar. No quieren. Entonces ocurre que desbordo por dentro y no tengo forma de controlar tanto sentimiento revuelto. Pero, a veces, salen y cuando lo hacen, existo. Sin espacio, sin tiempo. Ellas son como un suspiro, surgen de lo profundo del ser, escapan y después se mezclan con lo de ahí fuera, con la nada o con el todo. Y como los suspiros, tan cerca del alma, tan nuestros, huyen las letras de mi cuerpo, sin consentimiento, sin pensarlo. Pero cómo explicar que no sé escribir, que son las letras las que me escriben. Ahora sí, después no. Y ahora que sí, reconozco una sensación de vida concentrada, suprema, extraña. De pequeña, pasaba horas con la libreta abierta, en blanco, incapaz de crear un comienzo. De pronto, surgía la frase. Punto. Jamás volvía a saber de ella. Una colección de libretas y agendas vacías a lo largo de mi vida. Entonces, tuve claro que por mucho que amara hacerlo, escribir no dependía de mí y que esto, como el hipo, me vendría de vez en cuando. Sin embargo, reconozco que no me importa.
Mi sueño no es verlas encarceladas en la maqueta de un periódico, ni encasilladas en estanterías de best seller. Me gusta verlas libres, me gusta verlas nacer de un quejío o de una carcajada que, cuando salgan, notarlas placenteras, momentáneas y reales como un orgasmo. Solo quiero sentirme así, viva, concentrada, suprema, extraña. Ahora sí. Como un orgasmo.
2/7/15
POSDATA: TE QUIERO
"Todos en algún momento de nuestra vida deberíamos recibir una carta. Una de esas cartas dedicadas, personales, de las que cuentan historias o narran emociones, de esas en las que el remitente se rasca las entrañas para compartir sus adentros con un destinatario tan cercano y lejano a la misma vez. Todos en algún momento de nuestra vida deberíamos ser destinatarios. Ser propietario de una carta que se escribe con el corazón significa, sin duda, que somos mucho más ricos y afortunados de lo que creemos. "
Creo que no puede existir nada más complejo en el mundo que escribirte una carta. Sé que lo he hecho millones de veces y que guardas en una caja cada uno de mis escritos, bien colocados, apilados, como las piedras de las pirámides o como los documentos históricos, con ese valor impropio, grandioso, inmaterial. Así las conservas, supongo que para leerlas cuando te apetezca reír y llorar, todo al mismo tiempo. Recuerdo dibujar los “te quiero” con la letra bien grande y muchos corazones en el folio. No necesitabas nada más. Escribía para librarme de los sentimientos porque no sabía ni sabré hacerlo de otra manera. Por entonces era fácil. Improvisaba versos en líneas torcidas, sin rima, pero tú las enderezabas y las convertías en poemas al leerlas. Mamá, la poesía nace en tu boca. Sin embargo, ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que te dije que eras la mejor madre del mundo y ahogué tantos “te quiero”, tantos “te extraño”, tantos “me haces falta”, tantos agradecimientos que jamás llegaron que, ahora, aunarlos en una sola carta, duele y cuesta. Duele el haberte privado de un amor que mereces más que nadie en este mundo. Cuesta el reconocer que soy una estúpida por silenciar lo que en mi pecho no cabe. Mamá en el corazón no me entra tanto orgullo, no entra. Imposible. Es imposible cuando pienso en tu forma de ser, siempre dulce, inocente, inquebrantable a pesar de todo y de todos. Eres esa parte noble, sencilla y humilde de mi alma. Mamá eres lo mejor de mí, de lo que soy. Gracias.
Creo que no puede existir nada más complejo en el mundo que escribirte una carta. Sé que lo he hecho millones de veces y que guardas en una caja cada uno de mis escritos, bien colocados, apilados, como las piedras de las pirámides o como los documentos históricos, con ese valor impropio, grandioso, inmaterial. Así las conservas, supongo que para leerlas cuando te apetezca reír y llorar, todo al mismo tiempo. Recuerdo dibujar los “te quiero” con la letra bien grande y muchos corazones en el folio. No necesitabas nada más. Escribía para librarme de los sentimientos porque no sabía ni sabré hacerlo de otra manera. Por entonces era fácil. Improvisaba versos en líneas torcidas, sin rima, pero tú las enderezabas y las convertías en poemas al leerlas. Mamá, la poesía nace en tu boca. Sin embargo, ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que te dije que eras la mejor madre del mundo y ahogué tantos “te quiero”, tantos “te extraño”, tantos “me haces falta”, tantos agradecimientos que jamás llegaron que, ahora, aunarlos en una sola carta, duele y cuesta. Duele el haberte privado de un amor que mereces más que nadie en este mundo. Cuesta el reconocer que soy una estúpida por silenciar lo que en mi pecho no cabe. Mamá en el corazón no me entra tanto orgullo, no entra. Imposible. Es imposible cuando pienso en tu forma de ser, siempre dulce, inocente, inquebrantable a pesar de todo y de todos. Eres esa parte noble, sencilla y humilde de mi alma. Mamá eres lo mejor de mí, de lo que soy. Gracias.
Quiero decirte que soy feliz y te lo cuento porque
sé que mi felicidad siempre será la tuya. Deja de preocuparte por el camino de
esta cabra loca, que la sonrisa no me falla esté donde esté y haga lo que haga.
Aparto lo superficial de la vida, que es casi todo, retengo lo que realmente importa y ¿sabes? No
hay motivos para la tristeza. Mi suerte sois vosotros. Nunca me faltó de nada y
nada me sigue faltando. Mi fortuna es mi familia y todo lo que tengo ahora, por
dentro y por fuera, os lo debo. Mira, no tengo miedo a las tormentas, ni a las
cuestas ni a los baches de la vida, no me asusta dormir sola y, aunque tengo la
cabeza en las nubes, mis pies andan muy firmes por el suelo. Rápida, fuerte,
noble, agradecida, a veces muy sensible, a veces, inflexible. Soy todo esto y
soy mucho más, pero sin ti, sin vosotros, quizá sólo hubiera sido la mitad. Gracias.
Mamá, te echo de menos a todas horas. Echo de menos
tus “buenos días” y tus “buenas noches,
que descanses hija”, tus sonrisas de niña que explota pompas de jabón, te echo
de menos a ti en el salón, a ti por el pasillo, a ti en deportes y mallas, a ti
con la camiseta recortada, a ti de verano y de invierno. A ti.
Seguramente no esperabas esta carta, y más cuando parece que en casa reparto el cariño con un cuentagotas, pero nunca pasé tantos
meses sin verte, sin saber qué se cuentan tus ojitos de madre. Necesitaba
volver al pasado, a esas dedicatorias hechas de alma, cuando un día cualquiera
te escribía porque sí, porque el corazón me lo pedía como me lo pide ahora.
Solo necesitaba volver a decirte, con letra bien grande, te quiero.
17/2/15
UN DIA O UNA NOCHE....
UN DIA…me gustaría que supieras que eres
especial. Lo eres. Lo eres por tus andares, por esa boca entreabierta que
anuncia la profundidad de un sueño, por tus dientes vestidos de novia dando el sí quiero a la risa floja. También
por esa mezcla de ceniza y nieve salpicada en tu pelo, y por tus ojos, sobre
todo por ellos, porque siempre me dieron la cordura justa y necesaria para
cometer locuras sin miedo. Gracias a tus ojos, corto y recorto los hilos que me
atan a lo terrenal y me siento libre.
Eres especial, como el tiempo cuando no es
tiempo sino momentos de placer, felicidad, pasión, sino vida. Créeme, eres
único. Lo eres porque la suma de tus imperfecciones son problemas resueltos, son
soluciones perfectas. Después, tras la superficie, debajo de toda esa piel nacida
solo para que la toquen, encuentro la calma, el oleaje del mar. Y allí, a mi
playa particular que es tu pecho, voy a encontrarme cuando no sé ni quién soy,
a escuchar los latidos de un corazón sin precio. Siento su bombardeo con prisa,
con mucho ritmo y es magnífico.
UNA
NOCHE… me gustaría decirte que tu simple existencia cambió para siempre la
complejidad de la mía. Ahora mi presente fluye como las bases de las canciones
que animan nuestras madrugadas de cine, sin película. Esas madrugadas bajo las
sábanas, de escenas de cama, abrazo y cigarro. Un día o una noche, sinceramente
no importa, escribiré que nuestro equilibrio es inimitable.
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