30/4/20

Espárrago triguero

Alto y delgado como una espiga, carácter de cereal y costumbres sésiles. Mi bisabuelo o el abuelo viejo, que era cómo le llamábamos, me enseñó con tan solo su presencia el respeto y el miedo a la locura mortecina. A la muerte cuando tiene más de locura que de quietud o de otra cosa. Le salieron sus fantasmas, se pulgó en vida y yo lo vi. Lo quise a mi manera de entonces con amor alegre de pajarillo, el de los siete u ocho años, amor cantarín y despreocupado. Le hicimos un teatro mi hermana, yo y unas amigas en su 92 cumpleaños. Es todo lo que hice por él. A parte de observarlo como a un bicho palo mientras su hija, la madre de mi padre, le daba de comer. -"Roe papa, roe", le decía. 

Se sentaba siempre en una poltrona de cuero rojo, señorial, y miraba al vacío, a la vida que le quedaba o que le faltaba. En ese sofá yo me sentaría mucho tiempo después, cuando le perdí el miedo a la superstición de los objetos y allí iba a sentirme más sabia o yo qué sé... a sentirme. 

Era impasible a casi todo menos al tiempo y a las rabietas. Mi hermano y mi abuelo disfrutaban rompiendo su sosiego de hombre muy mayor, jugándose sus olivas en una partida de ajedrez. Él escuchaba las apuestas y levantaba como un titán su garrota. Amenazante, injuriaba a todos hasta que le duraba la memoria, que se lo llevaba todo, hasta a él mismo.  

El abuelo viejo murió cuando hacía frío. Lo sé porque vinieron a darnos la noticia una noche de sopa, de jornal de aceituna. Yo jugaba con las muñecas y el timbre sonó extraño, inusual. Aquello me fracturó. Fue un dolor nuevo, primerizo, recién hecho. Eso era "el morirse", un vacío que ocupa, que te ocupa entero. Pero el abuelo viejo no solo me enseñó de muerte sino también de cuentos interminables como el del gato. Una historia que terminaba preguntando "¿Quieres que te lo cuente otra vez?" Solo recuerdo que siempre le decía que sí y que era lío de gatos. Aprendí también la postura y el movimiento circular e hipnótico de sus pulgares. Un ritual de viejo para hallar la paz o autosanarse, lo que hoy es la meditación o el reiki, supongo. Si le imagino, me lo invento muy tieso. Cómo sería sin la edad, con un cuerpo elegante y estirado como un espárrago triguero. Muy finito, distinguido, pero de monte y ligeramente amargo. Estará ahora bajo la sombra de algún olivo, reencarnado en espárrago o en ortiga. Mimetizado con sus tierras ya secas, siendo él ya tierra seca. 








28/3/20

YO A TI TE CONOZCO DE ANTES

Cuando me despierto, cuando escucho música, cuando me divierto, cuando me pierdo, cuando no encuentro sentido a nada, cuando río, cuando rompo a llorar, cuando escribo. Para todo. Él es mi inspiración. 


    Lo vi por primera vez en Londres, en una noche de verano, dentro de un pub de música Jazz como si fuéramos actores de una de esas películas romanticonas de sobremesa. Recuerdo que se hizo paso entre el batiburrillo de personas, cervezas, conversaciones a voces, sonidos de saxofones y trombones. Entró tan ágil como un pollo perdiz, observando el ambiente y dominándolo como si fuera su hábitat natural. Nos presentamos. Dos besos y una frescura de pomelo. Era distinto a los demás hombres, él era una fruta exótica. Lo encontré tan fresco, tan vivaz, una explosión de energía tan repartidas por las mesas que se llenaban, las pintas que se vaciaban y por los escotes que sobresalían que pensé; "este chico solo busca perderse por allí". Así que disimulé mi entusiasmo y mientras él hablaba con bases de esdrújulas rimbombantes yo me fui enamorando poco a poco, de reojo. Después vinieron más cervezas y jarras de colores cubanos, un casino, un pasillo sin cámaras, una moqueta, cuatro manos, muchos besos. Explosión. Fue nuestra primera Noche Vieja. Aquel encuentro revolucionó mis creencias, mi forma de amar. Me hizo libre, más loca, más madura, más sincera, más feliz. 

    Y cuanto más me llenaba de sus impulsos, de su pecho sereno, de la impaciencia de sus manos, de los abrazos sin réplicas, de los bocaditos por los brazos, de todas esas ganas suyas, más feliz era. Hubo también tiempos raros, cuando nos mirábamos y solo decíamos lágrimas. A veces, encontraba su cuerpo tumbado, carne desparramada, desganada, de un esparcido lento, doloroso y abrasador como lava. Otras era bomba expansiva, incontrolable. Pero le amo en cada uno de sus estados, ya lo sabe. 

    Escribo algunas líneas entre trayecto y trayecto del tren, en vagones llenos de desconocidos, maletas, bicis y olores del mundo o del inframundo que nada saben de nosotros. Pero a mí me gustaría correr como una loca por el subsuelo y gritar: "¡Me encantan los pliegues de su tripa, sus nalgas duras y el lóbulo de sus orejas!" Y después, cuando le tuviera delante, dejaría que me aflorara a base de risas ese sentimiento que tuve desde el principio; "yo a ti te conozco de antes".

    Ahora te veo llegar, vas con una camiseta blanca y un pantalón corto. Caminas rápido, andas con ritmo. Hormigueo. Mi estómago anticipa que tus abrazos me romperán y me recompondrán por completo. Me devuelves a la vida. Resurrección, como si me sumergiera en un océano de agua fría. Nervios. Despiertas mis instintos, incontrolables. Y digo; "¡María, estás hasta los tuétanos, estás enamorada hasta los tuétanos!" 

16/3/20

DE DEDOS FRÍOS Y SILENCIOS ESPACIALES


Se quedó sola con el ruido del fuego y del viento. Sola con los elementos. Hacía tanto tiempo que no hablaba con ella misma que, al escuchar su voz interior, era como si una desconocida la observara sentada a los pies de su propia cama. Algo entre íntimo y extraño.

Sintió el cosquilleo del alma, como el baile de las llamas, subir a sus mejillas, quedarse en la garganta. ¿Dónde estaba hasta entonces? Los horarios del trabajo, la masa humana desparramada por todos lados, entrando y saliendo de su cuerpo a través de las miradas, de las prisas, de la aglomeración. Saturada de otras personas, de sus tonos, de sus energías ajenas de las que ella intentaba huir. Todo aquello era un veneno menguante de almas. Ella lo sabía, y allí, junto al fuego y al viento enfadado del invierno, consiguió disfrutar, casi como por primera vez, de la soledad elegida, de la auto-conciencia. Se chupó los labios y los sintió mojados, bebió agua y siguió su recorrido fresco y saciante hasta llenar el estómago. Sonrió. Notó la punta de los dedos de los pies fríos, la necesidad de unos calcetines, el silencio espacial de la casa vieja, los recuerdos de otras noches a solas, de otras noches distintas, con otras preocupaciones, con otros miedos, sintió lo sentido en aquellas noches como si reencarnara todas las soledades en un instante. Suspiró tragándose el aquí y el ahora, una gran bocanada de aire hacia los adentros, como si intentara conservar al vacío su persona, su esencia. Ella y el mundo, unida al universo por unos segundos. Sin interferencias.

Alza el cuello para poder mirar por la ventana sin levantarse. Solo ve un claroscuro de verdes, no llega a diferenciar el pino del matorral, ni las hojas de las ramas pero le resulta armonioso. Se toca la cara para aliviar el calor del fuego, el pelo. No se ha peinado en todo el día, hoy ni siquiera se preocupó de mirarse en el espejo más de dos veces. Vuelve a sonreír. A ella no le importa. A las montañas no les importa. Nadie la ve, nadie juzga. Mueve la cabeza como aquellos arbustos, los rizos se le despeinan divertidos, como si el mismo aire de fuera lo tuviera ahora encima. Se sacude y en el movimiento olvida lo superfluo.

El cortijo es viejo, más viejo aún que el recuerdo de su abuelo sentado en el poyete a la fresca, más viejo que ella misma recogiendo impostoras mariquitas en un bote de tomate, mucho más que los veranos de luciérnagas. El cortijo es más viejo de lo que sus recuerdos alcanzan por eso el cortijo sabe recuperarla cuando pierde la identidad. Ella pertenece al campo, como un tomate, como una florecilla silvestre. Se humaniza, le habla. Le dice -escribe-, descansa, piensa, observa el paso del tiempo a través de los cambios de luz, come cuando tengas hambre, mira las estrellas y llora, da las gracias. Ha encendido dos velitas, tiene mucho que agradecer.



9/3/19

VEINTE DUROS

Ya lo sabía. Ella siempre lo supo. "Toma niña, guárdalas bien, no se te vayan a perder por el camino", me decía mi abuela cuando me regalaba veinte duros. Eso pasaba algunos días, en los santos, cumpleaños o, a veces, cuando daban la copla por la tele. La recuerdo con las piernas muy hinchadas, un pingüino a cámara lenta recorriendo las pocas baldosas de un pequeño piso que se le hacía grandísimo. "Toma niña. No seas tonta". Repetía en voz bajita. Sacaba las pesetas de un monedero de piel con cremallera, negro y arrugado como su vestido de andar por casa y me las daba en un extraño silencio. En esa salita de estar, llena de fotografías de vivos y muertos, aquello se convertía en algo parecido a un ritual funerario. A un secreto del más allá.  Doblaba mis dedos para convertirlos en un puño bien prieto. Aguantábamos el pulso las dos. Ella me hacía prometer que no las perdería por el camino. Yo asentía con una risilla de ratón. Cerrábamos el pacto. 


Mi abuela Carmen, bajita, siempre morena y rizada, era de camisón ancho, oscuro y holgado. Tenía la piel bonita, suave y cuidada como un puñado de aceitunas. Olía a vela blanca y a jabones de Avon. Era blandita por fuera y acorazada por dentro, la guerra, las pérdidas, la tristeza, la convirtió en una mujer solitaria. Mucho genio andaluz, mucha dulzura a su manera. Criticaba las modernuras de lo que daban por la tele, sobre todo, a las presentadoras y bailarinas descorchadas, a las "niñas marranas" como ella las llamaba. Y cuando le venían esos pensamientos, me miraba y me decía "a ver a dónde vas tú con esos pantalones y a ver si le dices a tu madre que te corte el pelo" Yo me enfadaba y me iba a su balcón a tirar bolitas de pan al vecino para que se me pasara el enfado de los trece. Ahora con la distancia es cuando la recuerdo y la siento más cerca que entonces. Sus cajones llenos de estampitas y medicamentos, sus huevos con patatas, sus tostadas con aceite y una tonelada de sal, su arroz con leche, su alfajor, los toros por la tele, sus andares, sus conversaciones y sus palabrotas, el Viernes Santo y la autonomía de su casa. Y de aquello, todo perdura. Todo sigue vivo por aquí dentro. A mi abuela Carmen le debo esos veinte duros. 


25/11/18

DEBAJO DE LA CAMA

Debajo de la cama. Estoy simplemente debajo de la cama. No busco nada, no huyo de nadie, solo quiero encontrarme. Recuerdo a mamá que habla en la cocina, siento a mamá llorar. Lloro con ella. Me uno a su llanto y salen de mi cabeza unas lágrimas raras que no sé donde escribirlas. Analizo mi cuerpo oculto hecho palo de cemento, con las extremidades engarrotadas y pegadas a un bloque de carne que ya no es carne. Asustada, grito por dentro como una loba muda y el alarido se convierte en un veneno negro que salpica.

Después, silencio. Sin palabras. Aprieto los labios como si atravesara una ventisca de arena mientras intento esquivar miles de pensamientos. Fallo. Me alcanzan, me hieren. Cuánto desorden a mi alrededor, cuánta inquietud arrastro. No puedo hablar y el peso de lo callado me anuda los pies. Caigo.  Ya en el suelo, desplomada, me agrede un manojo de nervios, un remolino de aire y alfileres, que consiguen atraparme en una inercia corrosiva que termina por desgastar todas mis versiones. Ahora solo queda el hueso. Inútil, sin carne, sin pensamiento, sin nada que sostener. No me perdono estas maneras de sufrimiento. No las merezco. Nadie las merece, por eso proclamo la revolución. Invoco a todo lo que puede ser invocado desde el aturdimiento y aparecen las cuatro estaciones galopando en el estómago. Deseo que el invierno sea lo más corto posible porque sino creo que podría morir de pena. Es este día a día, son los momentos en el metro lleno de gente sumergido en su mundo virtual, sin imaginar la vida de nadie, es la velocidad con la que andamos por el cemento yerto, muerto como nuestros pasos y como nuestra mirada plana, horizontal. Es la pena que tengo de la ciudad, del laberinto de ratón, de la prensa gritona y estúpida, de los correos sin contestar, de los "te quiero" del doble check que se lanzan sin abrazos que los avalen, de las preocupaciones que nos inyectan para anularnos como seres felices capaces de disfrutar de lo que es nuestro. Porque todo lo que necesitamos para sonreír ya nos pertenece. Por eso, desde pequeña, siempre busco un refugio a las bombas debajo de la cama, para encontrarme, para revolucionarme. Necesito esa agitación profunda, continua, que espulgue los males que no entendía ni entiendo. Morir y renacer. Y es verdad que caigo y recaigo en la droga de la sobreeinformación, del consumo, del pasotismo, de la frustración absurda por agradar, por llegar a ser...pero ¿el qué?, ¿quién? Pues yo quiero ser leñadora, como leí en un artículo. Quiero ser nada para todos y que me conozcan por las veces que me río, por lo que me gustan los ganchitos, por mi acento, por mi lunares, por mi pelo despeinado, por mis muletillas, por mis imperfecciones y mis virtudes y no por lo que una empresa dice que soy. Me importa una mierda tus titulaciones, tu móvil, tu bolso nuevo, tu cuerpo cubierto de todo menos tú, me interesa las ganas que tienes de escuchar las chicharras cuando cantan y las veces en las que te has escondido debajo de la cama. 

30/7/17

CONOCIDO DESCONOCIDO

Estás sentado en la terraza de cualquier bar, rodeado de personas, farolas, coches, tiendas, edificios, ruido, perros, niños, gritos y lo único que pone alegría a esta ciudad eres tú. Quieto en medio del caos miras el alboroto sofocante como quien observa una hoguera. No piensas en nada pero hasta la nada te pesa. Y yo, que estoy sentada en la terraza de ese mismo bar, rodeada de las mismas personas, farolas, coches, tiendas, edificios, ruido, perros, niños, gritos, lo único que me importa entre tanta tumulto es tu pensamiento. Solo lo que se cuece en tu cabeza, solo el alboroto de ideas volátiles que construyes y destruyes como las piezas del K´nex.

No parpadeo, bebo sin pestañear y esta cerveza helada me sabe a tus ojos de eclipse solar, oscuros, inquietantes, bordeados de vida y en ellos me recreo imaginando la desnudez plena de tu cuerpo, en tus brazos y en la temperatura que alcanzarían rodeándome. Pero quiero más, quiero oírte hablar, bailar con tus entonaciones fuertes, desconcertantes como una resaca en martes. Quiero pasear contigo por barrios desconocidos, ponerle nombre a las calles, mirar los ventanales ajenos de los edificios, pequeños, por donde la gente nos mira a nosotros mientras se marchitan sin luz como sus geranios. Decir hola a los parques y a los placeres pasajeros de turrón, decir adiós a los horarios y a las estaciones de metro. 

Se me acaba el cigarro y me quemo la piel de los dedos y de los labios al mismo tiempo pero es que estoy tan fresquita pensándote que ocurre casi sin darme cuenta. De repente, viene tu brisa de pomelo y a estas alturas creo que me gustas tanto ya de lejos que de cerca sería una locura. 

22/1/17

TIERRA

Mi padre tiene doce olivos. Doce árboles como doce hijos. Se despierta con el gallo para ir a verlos crecer. Toca las ramitas nuevas y salta de poza en poza cantando al aire coplas de Antonio Molina. “Cuando llegue el invierno las aceitunas estarán gordas como melones”, me dice en verano. Después, ríe a carcajadas. Con esa felicidad, henchido el pecho, es un gorrión loco. Madruga para escuchar los secretos del campo, la tierra crujiente de agosto, el cortejo de las moscas, el óxido de la puerta vieja, las tripas del tractor aún sin enfriar, Desde su finca, nadie puede escuchar a mi padre, sin embargo, desde allí, él puede escuchar todos los sonidos del universo. Mientras, en la ciudad que nunca duerme, los minutos se comen a las horas y las horas a las personas. Él tiene miedo a esa vorágine, a que le coman, por eso huye tan temprano, para escapar de la muerte lenta. Después vuelve a casa, dejando mendruguitos de barro por toda la escalera y ahí se quedan pegados hasta el día siguiente. Me gusta verlos, esquivarlos, jugar con ellos. Le deja la humanidad, el relieve, a la frialdad de las baldosas del portal. Bajo peldaño a peldaño, imaginando, creando, de esos pedacitos de tierra, caras y animales. Luego sale mamá con la escoba y me barre de sopetón el juego. Así son las mañanas de colegio, porque el fin de semana somos cinco botas sucias y a mí, me gusta pisar muy fuerte para que la arenilla se desprenda. Echo de menos dormir en el campo, estar acostada en la cama, sentirme, sentir que estoy o que soy. Consciente del tacto exacto de las sábanas, del olor a noche cerrada, de mis ojos de búho recorriendo el cuarto. Todos mis sentidos puestos en la vida. Puestos en la tierra. De donde vengo. A donde voy. De fondo, los perros olfatean el abandono. 

AGUA, MADERA, FUEGO, AIRE Y METAL



"Estas energías están interrelacionadas en armonía entre sí, manteniendo la vida. Si una se resiente, lo siente el todo y la armonía se rompe"





Al final sólo somos eso. Elementos.Vamos a sentirnos cómo tales.  










26/12/15

LÁPIZ, ALCOHOL, LLAMAS.

Será por la mezcla de rojos y amarillos de este fuego bailarín o por el recorrido serio y certero del ron con hielo, pero tengo un pensamiento quemándome la piel y una mirada que, a veces, se me pierde sin querer. Lápiz, alcohol, llamas. Más alcohol, más llamas, el lápiz corriendo solo. Y mientras más llena de alcohol y llamas, más brío tiene mi lápiz. Descontrolado. Entonces, ¿Qué esperas que te diga si estuvieras aquí ahora? Si vieras como yo veo el hielo derretirse, mis piernas semiabiertas, el hielo desapareciendo, mis piernas abiertas, el vaso sin hielo...Me gustaría que probaras el ron, sin rozar el cristal, sin sentir el hielo. Sería un beso suave, lento como el sopor cuando sube a la cabeza. Si estuvieras aquí. Ahora. Hablaríamos de la hormiga que me sube por el hombro y se escurre hacia el pecho, y dejaría que simularas con tus dedos sus patitas de hormiga perdida. Si estuvieras aquí. Ahora ... Sería tu lápiz.

23/12/15

GRACIAS

Doy las gracias por este sol que calienta mis mejillas con cuidado, casi acariciándolas. Por este sol de sosiego alegre, que detiene y limpia al tiempo de su pasado imperfecto.
Doy las gracias al color verde, a todo lo que pinta de hierba viva el paisaje de mi paraíso.
Doy las gracias a ese pájaro desconocido con canto de hurraca, al roce de las patitas de las moscas, a sus alas cansinas, al baile lento de las ramas y a los ladridos de perros lejanos. Que no, que no perturban.
Gracias al abrazo blando, a la compañía de musgo de las montañas, a los sonidos impropios que rebotan en sus pechos de arbustos y flores.
Gracias a esta naturaleza viva o a esta vida natural, a este micro universo sin grietas ni fisuras, sin contaminación política, sin dinero, sin esperas, sin decepciones, sin necesidades artificiales, sin expectativas, sin leyes humanas.
Gracias también al cielo, siempre azul de día, siempre estrellado de noche. Siempre tan cielo. Simplemente cielo. En él, mis deseos. A él, mis miedos.
Gracias al silencio por presentarme a mi yo perdido, por encontrarme las piezas sueltas de un alma que no encajaba.
Gracias a la soledad, que me dio la oportunidad de amarme incondicionalmente y de amar sin condición. Y gracias a este tiempo sin horas por convertir sensaciones en estados infinitos.

5/12/15

COMO UN ORGASMO.

"Si tanto te gusta, ¿por qué no escribes?, ¿por qué no dedicarte a ello? " No lo sé. No sé qué responder y quisiera no tener que hacerlo. Sin embargo, ante estas intromisiones, mi cuerpo reacciona, flojea, cae. Deseo el silencio a cualquier excusa mediocre, pero en el nivel de las conversaciones banales, la gente no admite lo profundo. Así que les doy lo que me piden o esperan escuchar; "la culpa no es mía, es de mis circunstancias". Ellos se quedan tan panchos mientras yo empacho de vacío. Quizá sea la verdad que duele y anula cuando no es bien recibida. Tal vez, tengan razón y debería apretar la pluma como quien empuña un paraguas en los días de viento y lluvia. Pero prefiero mojarme. 

Digo que la escritura no se merece la obligación ni la rutina. Al menos no desde mi perspectiva. Porque resulta que las letras pueden buscarme pero yo no sé dónde encontrarlas. Nacerán en algún lugar inexistente, allá en el centro de la explosión entre los recuerdos y el momento presente, supongo. Lo que les cuesta salir a las jodidas. Lo que sufro cuando me siento sola y no las veo, cuando quiero expulsar y ellas insisten en entrar. No quieren. Entonces ocurre que desbordo por dentro y no tengo forma de controlar tanto sentimiento revuelto. Pero, a veces, salen y cuando lo hacen, existo. Sin espacio, sin tiempo. Ellas son como un suspiro, surgen de lo profundo del ser, escapan y después se mezclan con lo de ahí fuera, con la nada o con el todo. Y como los suspiros, tan cerca del alma, tan nuestros, huyen las letras de mi cuerpo, sin consentimiento, sin pensarlo. Pero cómo explicar que no sé escribir, que son las letras las que me escriben. Ahora sí, después no. Y ahora que sí, reconozco una sensación de vida concentrada, suprema, extraña. De pequeña, pasaba horas con la libreta abierta, en blanco, incapaz de crear un comienzo. De pronto, surgía la frase. Punto. Jamás volvía a saber de ella. Una colección de libretas y agendas vacías a lo largo de mi vida. Entonces, tuve claro que por mucho que amara hacerlo, escribir no dependía de mí y que esto, como el hipo, me vendría de vez en cuando. Sin embargo, reconozco que no me importa.

 




Mi sueño no es verlas encarceladas en la maqueta de un periódico, ni encasilladas en estanterías de best seller. Me gusta verlas libres, me gusta verlas nacer de un quejío o de una carcajada que, cuando salgan, notarlas placenteras, momentáneas y reales como un orgasmo. Solo quiero sentirme así, viva, concentrada, suprema, extraña. Ahora sí. Como un orgasmo. 

2/7/15

POSDATA: TE QUIERO

"Todos en algún momento de nuestra vida deberíamos recibir una carta. Una de esas cartas dedicadas, personales, de las que cuentan historias o narran emociones, de esas en las que el remitente se rasca las entrañas para compartir sus adentros con un destinatario tan cercano y lejano a la misma vez. Todos en algún momento de nuestra vida deberíamos ser destinatarios. Ser propietario de una carta que se escribe con el corazón significa, sin duda, que somos mucho más ricos y afortunados de lo que creemos. "

Creo que no puede existir nada más complejo en el mundo que escribirte una carta. Sé que lo he hecho millones de veces y que guardas en una caja cada uno de mis escritos, bien colocados, apilados, como las piedras de las pirámides o como los documentos históricos, con ese valor impropio, grandioso, inmaterial. Así las conservas, supongo que para leerlas cuando te apetezca reír y llorar, todo al mismo tiempo. Recuerdo dibujar los “te quiero” con la letra bien grande y muchos corazones en el folio. No necesitabas nada más. Escribía para librarme de los sentimientos porque no sabía ni sabré hacerlo de otra manera. Por entonces era fácil. Improvisaba versos en líneas torcidas, sin rima, pero tú las enderezabas y las convertías en poemas al leerlas.  Mamá, la poesía nace en tu boca. Sin embargo, ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que te dije que eras la mejor madre del mundo y ahogué tantos “te quiero”, tantos “te extraño”, tantos “me haces falta”, tantos agradecimientos que jamás llegaron que, ahora, aunarlos en una sola carta, duele y cuesta.  Duele el haberte privado de un amor que mereces más que nadie en este mundo. Cuesta el reconocer que soy una estúpida por silenciar lo que en mi pecho no cabe. Mamá en el corazón no me entra tanto orgullo, no entra. Imposible. Es imposible cuando pienso en tu forma de ser, siempre dulce, inocente, inquebrantable  a pesar de todo y de todos. Eres esa parte noble, sencilla y humilde de mi alma. Mamá eres lo mejor de mí, de lo que soy. Gracias.

Quiero decirte que soy feliz y te lo cuento porque sé que mi felicidad siempre será la tuya. Deja de preocuparte por el camino de esta cabra loca, que la sonrisa no me falla esté donde esté y haga lo que haga. Aparto lo superficial de la vida, que es casi todo, retengo lo que realmente importa y ¿sabes? No hay motivos para la tristeza. Mi suerte sois vosotros. Nunca me faltó de nada y nada me sigue faltando. Mi fortuna es mi familia y todo lo que tengo ahora, por dentro y por fuera, os lo debo. Mira, no tengo miedo a las tormentas, ni a las cuestas ni a los baches de la vida, no me asusta dormir sola y, aunque tengo la cabeza en las nubes, mis pies andan muy firmes por el suelo. Rápida, fuerte, noble, agradecida, a veces muy sensible, a veces, inflexible. Soy todo esto y soy mucho más, pero sin ti, sin vosotros, quizá sólo hubiera sido la mitad. Gracias.

Mamá, te echo de menos a todas horas. Echo de menos tus “buenos días” y tus  “buenas noches, que descanses hija”, tus sonrisas de niña que explota pompas de jabón, te echo de menos a ti en el salón, a ti por el pasillo, a ti en deportes y mallas, a ti con la camiseta recortada, a ti de verano y de invierno. A ti.

Seguramente no esperabas esta carta, y más cuando parece que en casa reparto el cariño con un cuentagotas, pero nunca pasé tantos meses sin verte, sin saber qué se cuentan tus ojitos de madre. Necesitaba volver al pasado, a esas dedicatorias hechas de alma, cuando un día cualquiera te escribía porque sí, porque el corazón me lo pedía como me lo pide ahora. Solo necesitaba volver a decirte, con letra bien grande, te quiero.

17/2/15

UN DIA O UNA NOCHE....

UN DIA…me gustaría que supieras que eres especial. Lo eres. Lo eres por tus andares, por esa boca entreabierta que anuncia la profundidad de un sueño, por tus dientes vestidos de novia dando el sí quiero a la risa floja. También por esa mezcla de ceniza y nieve salpicada en tu pelo, y por tus ojos, sobre todo por ellos, porque siempre me dieron la cordura justa y necesaria para cometer locuras sin miedo. Gracias a tus ojos, corto y recorto los hilos que me atan a lo terrenal y me siento libre.
Eres especial, como el tiempo cuando no es tiempo sino momentos de placer, felicidad, pasión, sino vida. Créeme, eres único. Lo eres porque la suma de tus imperfecciones son problemas resueltos, son soluciones perfectas. Después, tras la superficie, debajo de toda esa piel nacida solo para que la toquen, encuentro la calma, el oleaje del mar. Y allí, a mi playa particular que es tu pecho, voy a encontrarme cuando no sé ni quién soy, a escuchar los latidos de un corazón sin precio. Siento su bombardeo con prisa, con mucho ritmo y es magnífico.


UNA NOCHE… me gustaría decirte que tu simple existencia cambió para siempre la complejidad de la mía. Ahora mi presente fluye como las bases de las canciones que animan nuestras madrugadas de cine, sin película. Esas madrugadas bajo las sábanas, de escenas de cama, abrazo y cigarro. Un día o una noche, sinceramente no importa, escribiré que nuestro equilibrio es inimitable.

3/4/14

Aceituna pasa

Querido papá:


    Hoy sentí que el corazón me está menguando, como si tuviera una pena famélica y esa pena se dedicara a mordisquearlo. Me di cuenta esta madrugada cuando, por el pasillo, perdiste un suspiro que bien pudo absorber la melancolía revuelta de todo el barrio. Pensé que no merecías una tristeza tan temprana ni yo una conciencia tan tranquila. Por eso esta carta y este desahogo repentino. Alguien tenía que decírtelo, pero tienes cara de aceituna pasa, arrugada y oscura. Algunas veces hueles a manto de ortigas, otras, a tractor estropeado. Caminas con zancadas largas y movimientos lentos, igual que caminaría un árbol viejo con piernas. Tus manos, más prácticas que artísticas, son corteza de tronco y fueron talladas sin demasiados detalles. Tal vez naciste de la rama de un olivo y creo que yo, con el tiempo, seré una aceituna de cornezuelo; una mujer de nariz puntiaguda y facciones alargadas. Por si acaso, platico con los frutos que cultivas, vaya que alguno de ellos sea mi hermano y ande enojado. Reconozco que parte de mi filosofía de vida te la debo solo a ti, no a Platón ni a la señorita doña Magdalena. ¿Sabes que si estudio tus enseñanzas dentro de poco seré una especie de prócer campestre? Entenderé el idioma de las abejas, reconoceré el sexo de un pájaro solo por el canto y repetiré tus verdades universales; “los pasteleros se llenan de nata y los agricultores, de tierra” y con mis botas sucias me quedaré más ancha que larga. 

    Es curioso, pero jamás nos dijimos te quiero. Ni siquiera sabes que te admiro y eso que presumo hasta de mi dedo gordo del pie, que es terriblemente idéntico al tuyo. Así que tú, desayunas pan y aceite, hablas con el perro y con el vendedor de piensos, miras al cielo y las posibilidades de lluvia, aras la tierra y quitas los pedruscos, analizas la finca y la del vecino, maldices la sequía, te llenas las manos de barro y de callos y todo eso lo haces todavía ajeno a esta carta de amor. Si lo supieras seguirías haciendo lo mismo, pero un poco más feliz. Sin embargo, me cala una vergüenza estúpida que tapona la arteria aorta y es ahí donde vienen a morir todas las buenas intenciones. ¿Qué tal si te compro un semental de nombre Poderoso? Sé que es tu gran ilusión. Árabe, negro y brillante, con la melena peinada y las herraduras recién puestas. En Poderoso montaría todas esas responsabilidades de una hija de bien, ya el caballito se encargaría de decirte lo que yo no me atrevo. 

 El otro día mamá se encargó de enumerar como tabla de multiplicar cada uno de los oficios que desempeñaste: -“¡Bueno!, tu padre fue de todo; repartidor, soldador, peón de fábrica, pintor de automóviles, apicultor, personal de mantenimiento, conductor de maquinaria pesada, taxidermista y camionero. Ahora, pues ya ves, agricultor. Siempre tuvo culillo de mal asiento. Eso sí, es más trabajador que ninguno”- me dijo. También habló de necesidades y del trabajo que os costó que los tres retoños (después serían cuatro) creciéramos con la cabeza alta y la barriga llena. Pero yo ya lo sabía y me dejé contagiar por su orgullo. La memoria solo me alcanza hasta la cabina del Volvo. Por entonces, estabas hinchado porque los kilómetros te pesaban demasiado. Recuerdo que durante cinco días a la semana, el camión era prácticamente una extensión de tu cuerpo. Cruzabas España de norte a sur y de este a oeste mientras comías, dormías y llorabas en el mismo sitio. Cuando al fin llegabas a casa los sábados por la noche, más harapo que persona, nosotros nos conformábamos con verte cenar y roncar. Allí, en el sofá del hogar, espulgabas todas sus pesadillas. En las mañanas del domingo, cuando aún reinaba la luna, te fugabas para mimar a tus olivos e interpretar los primeros nubarrones. Las semanas pasaban idénticas las unas a las otras, hasta que la crisis arrasó con la rutina. Así fue cómo cambiaste el asfalto por un mar de olivos y el aire acondicionado por el de montaña. Entonces, mamá recuperó la cama de mujer casada, con todos los arrumacos propios de una mujer casada, pero enamorada. Sin embargo, supongo que para mí fue más fácil mandarte los “te quiero” por telepatía como siempre hacía cuando te imaginaba llorando solo en el camión.
   Papá, el caso es que el tiempo no perdona. Me hago más mayor de lo que quiero, más fría, menos inocente y, por qué no, más imbécil. Tú también te haces viejo, pronto te pillará la chochez y olvidarás los besos como se olvidan las resacas. Pero quiero que sepas que ningún Romeo, ni del pasado ni del futuro, merecerá una carta de amor tanto cómo tú te la mereces. Eres el hombre de mi vida. Lo eres dormido en el sofá o en la carretera A-52. Si te digo “te quiero”, te lo digo porque aunque seas un hombre basto de bastas formas, me hiciste sentir bonita sin llegar a mirarme y por eso ahora no necesito ojos que me valoren. Te lo digo porque si aprecio las cosas pequeñas es gracias a tus clases magistrales sobre abejas, hormigas y lombrices. Te lo digo porque si no tengo complejos es porque eres un hombre que se ríe de su tartamudez. Te lo digo porque asumo la realidad con dolor pero sin sufrimiento y eso solo se aprende si ves a unos ojos que padecen y una boca brava que después, sonríe. Si te digo “te quiero” es porque hoy no me arrepiento de ser lo que he sido. Estoy pensando que no me importa que tengas cara de aceituna pasa, arrugada y oscura, ni que algunas veces huelas a manto de ortigas, y otras, a tractor estropeado. Me da lo mismo si llevas puesto el mono azul o la chaqueta de las bodas, que tengas los labios finos, un bigote sospechoso o las uñas ennegrecidas como si hubieras escarbado hasta el centro de la tierra. Eres magnífico tal y como eres. Papá, te avisé. Alguien tenía que decírtelo. Gracias por tus collejas tan bien elaboradas o por los épicos: “Niño. Tú oír, ver y callar” o “cuando seas padre comerás huevos”. Consejos que luego el tiempo demuestra que valen para la vida entera.
   Mañana será un buen día para perder la vergüenza al desnudo. No te preocupes, solo el interno. Sino qué sentido tendría, ¿no? Qué tontería tan tonta lo de guardarse el amor, de convertirlo en pudor, si por muy melifluo que resulte no hay peor carta que la que nunca se envía ni sentimiento más inútil que aquel que jamás se demuestra.


1/4/14

Ahora. A mi abuela gitana

El cielo está enladrillado, ¿quién lo desenladrillará? Abuela, el cielo está hoy como tu trabalenguas, ¿te acuerdas? Hay un pesado telón de barro frío sobre nuestras cabezas y una humedad de musgo que hace que a mamá le duelan todos los huesos. No me gusta la lluvia sin tu manta de ganchillo, no me gusta que llueva cuando nuestro cielo, el tuyo y el mío, se queda sin desenladrillador. Creo que seguirá así durante la noche. Papá se alegra por sus olivas, dice que están secas y que el agua que cae como aguja líquida es una bendición para las grietas de la tierra, pero a mamá, ya sabes, esto se le cala hasta los tuétanos. A Laura no le importa, a la adolescencia le da igual el tiempo y el cielo, eso son preocupaciones de mayores, de los que miran hacia arriba como si ya se hubieran cansado de observar lo de abajo. Y yo, abuela, yo no sé dónde mirar. 
     Febrero se ha comido medio mes, y nosotros mes y medio desde que brindamos con las copas de cristal fino y degollamos las gambas para luego libar sus duras cabezotas de guerrero bigotudo. El año nuevo ya no es tan nuevo o, al menos, a mí me lo parece. Papá propuso pasar las Navidades junto a la lumbre, es decir, en el cortijo, y a todos nos pareció buena la idea de oler a zorruno. La casería se llenó pronto de nosotros, de los perros, de boniatos, de sopa caliente y de ramitas de romero. Todo estaba lleno de algo, todo menos la poltrona, o la sillita de la reina como le decías para adjudicarte un asiento que, para entonces, ya era más tuyo que de nadie. El día 25 comimos la merluza de la noche anterior y la casa entera entró en una modorra arrastrada de vinos y champán. Después, Nochevieja. Más copas de cristal y más gambas sin cabeza. Tu poltrona vacía y la botella de anís que no sonaba. Pero es febrero, abuela. En el cortijo salieron las primeras flores del almendro, a pesar del frío y de la humedad. Febrero es el mes de los enamorados pero yo no tengo novio. No, todavía no. Así que sin chico con quien gastar mis besos todos los que me vienen a la boca los reparto como pompas de jabón; unos pocos por el cielo, otros pocos por la tierra porque abuela, yo no sé dónde mirar. Ya te lo he dicho. A veces, lo mismo beso tu estampita olvidada de Santa Marta, la del dragón entre los pies, que beso un bulanico y le pido deseos. Abuela, intuyo que las rosas no llegarán este mes. Será un febrero deshojado. Quizá Laura aparezca con un ramillete de amatorias. Está en la edad. Me la imagino paseando por la plazoleta de los novios, prendida a un novio de colegio, con los ojos y las manos de los trece. Imagínatela, entrando en casa con la pasión encendida en las mejillas, abarcando sus flores como conquistas rojas. Y yo me enamoro de su alegría, del pelo suelto que le baila a los niños, de la gracia nerviosa que le baja a los pies. Creo que los amores de colegio siempre llegan demasiado pronto o demasiado tarde. Luego, hay que tener una abuela gitana o algo que enseñe a enamorarse de la vida, aunque a veces duela, como tú decías o como cantaba Camarón. No importa. 
    Tengo el baúl verde lleno de cartas y sospecho que sus entrañas sabrán más de mí que yo misma. Cuando mayo llegue no habrá baúl para todas, con lo que te gustaba la primavera. Quizá deje de escribir cartas y aproveche para ir al campo y vestirme de tus faldas flamencas, de amapolas. Con eso serías feliz. Abuela, echo de menos tu cariño de mamá elefante, ese cariño que llegaba a mis amigas y a las amigas de mis amigas. Pero me doy cuenta que la vida sigue muriendo y renaciendo igual sin ti, como la flor del almendro y que el amor está en todas partes; en el cielo o en los recuerdos, que viene a ser lo mismo, pero también en la tierra, en Laura, en la merluza del 25 de diciembre, en mamá, en papá y sus olivos y en el brindis con las copitas de cristal. Abuela, prometo estar enamorada toda la vida. De la vida. Aunque a veces, duela.

22/3/14

Al abuelo Ángel

Abuelo, estoy sentada en la vieja poltrona aloque, la preferida de tus siestas y parezco una reina pobre. Sí, la que sabe de ti tanto o más que la santa cadena que abraza tu cuello, supongo. La poltrona huele a uva fermentada en agosto, a vino abocado. Igual que tú, abuelo. Igual que la cama blanca del hospital, que ahora también se llena de agosto y uva fermentada. Abuelo, ¿qué tal?
    Tu pájaro, bueno, el mío desde que no estás, o mejor, nuestro gorrión, observa desde la casa rejada que es su jaula a la gente que va y viene, que sale y entra en su vida de gorrión. Mira en derredor con ojos de lunar oscuro y le sale un piar festivo, entendedor, como si compartiera la farándula adolescente de Laura, como si de verdad cupiera en su buche de nubarrón un alma humana. Pero abuelo, ¿qué conocerá él de la enfermedad y la indiferencia? Qué sé yo, quizá mucho, quizá nada. ¿Tú qué crees?
    Nuestro gorrión siempre amanece cantando, es como un niño gordo de San Ildefonso, pico de oro y reclamo engolado. Díselo de esta manera a la doctora de los ojos negros, la que tiene el gesto grácil y la boca de mazapán, cuando te traiga el desayuno, que ella se alegra con esas cosas de vida sencilla. Seguro que sonríe y quizá contagie a Damián su risa de niña provinciana. Por cierto, ¿sigue maldiciendo en sueños? Eso es que a Damián no le gusta la comida del hospital y al dormir, libera sus anhelos en forma de chuleta y chistorra, ya sabes lo que piensa de los purés. “Comida para perros”, confesó una vez.
    Dile a “ojos negros” que el gorrión, después de cantar, agita las alas y espolvorea aplausos nacidos del instinto. ¿Sabes? nunca teme a mis manos ni a lo que podría hacer con ellas. Ahora tengo su carne de magdalena entre los dedos y le cuelgan unas cómicas patitas de saltimbanqui. Abuelo, el gorrión me hace pensar en ti. Me hace pensar en tu renuente barrigota y en ese par de piernas cenceñas que son de cualquier cuerpo menos del tuyo, otro más fuerte, más ágil, menos viejo. Tú eres el gorrión. Por eso la doctora te cuida con amor de pájaro, delicada, humilde y desinteresadamente. Sí, eso creo. Entonces, mira qué tontería, también creo que un amor de pájaro debe de ser lo más bonito del mundo. Con la mirada, con un corazón que mira, trata sentimientos igual que trata riñones o pulmones y cuando le rebosa la humanidad por los ojos, descubres lo que sana una mano cercana. Como nuestro gorrión, abuelo, confías y te dejas cuidar. Y ella, sentada en el filo de la cama, atiende tu sufrimiento lo mismo que yo atiendo al gorrión cuando canta. Y reparte más besos que medicinas. Y sabe que prefieres el vino tinto al blanco. Y eso no es otra cosa sino un cariño avicultor, lo que cura y hace libre, abuelo.

11/12/13

A las doce de la noche

Quise ser un poco princesa y esperé a que el reloj marcara las doce. Cinco minutos después, con la luz apagada, me apeteció olvidar el romanticismo. Agarré a dos manos la evidencia de un hombre desnudo, como si sujetara el extremo de la cuerda que fuera a salvar mi vida. Mientras, él buscaba mis alegrías con la punta de la lengua. Nos entendimos. Cuando la escena se llenó de intimidades, la vergüenza se me antojó estúpida, entonces relajé las piernas y su barba, que sabía que la humedad se esconde bajo las sombras, siguió el camino correcto.

Hay oscuridades que huelen a placer y la de aquella anoche fue buscada. Con el rostro en llamas, le supliqué una vez más y las siguientes veces vinieron solas. Primero lento, luego más rápido. El tiempo, metido en la cama, transcurrió al ritmo de nuestros vaivenes. Nos besamos la piel y jugamos a querernos como si el amor nunca nos hubiera dolido. Recuerdo cada dedo y sus efectos, el suspiro ardiente, el sexo agradecido. A la mañana siguiente, aún con el sabor del cuerpo en la boca, protegimos el recuerdo con repeticiones. Nos despegamos sin saber muy bien el por qué, era tarde o muy temprano. Me vestí y le dejé un beso en la mejilla como si fuera el único trozo de carne que me quedara por conocer. Ayer, lo volví a ver, a eso de las once menos cinco de la noche. Yo estaba hambrienta y él decía que tenía frío.


A B.M.S. 

Era irremediable que de sus historias de noches alegres y madrugadas turbias no surgiera la inspiración. 
Prometo más y mejores.

14/9/13

El muro de las lamentaciones


La puerta se abre cuando carraspea la primera garganta del barrio, cuando se desgastan los ánimos y se olvidan las composturas. A media tarde el sonido del hielo en la copa resulta tan glorioso para los esperpentos como lo es para el creyente escuchar el replique de las campanas. Es un tugurio elegante, inglés, con mesas y sillas de madera de acabados rojizos y dorados. Allí huele a tiempo estancado. En el muro de las lamentaciones reposa el alcohol de una hilera de vasos medio vacíos, pintas y medias pintas que embriagan pesadumbres que ni los posos quieren escuchar. Varias espaldas encorvadas esconden el patetismo de frentes decadentes y, sobres esos mismos hombros, descansan unas cabezas que se rindieron a la llegada de su otoño. Fuera, un rebaño quiebra el sosiego pastoril del bar. Recipientes de carne van y vienen formando una muchedumbre animal. Nadie escucha. Nadie observa. Mientras, cuatro gatos purifican su alma con cebada. Pero la vida transcurre ajena a una estampa tan humana.  

15/10/12

Trece años después...Laura.


Para Laura. Mi pequeña e inoportuna Laura.... llegaste en el mejor momento.

Te escribo en una noche cualquiera de insomnio. En un desvelo de minutos peligrosos y horas letales. Mientras tanto, tú sueñas con cantar y ser actriz. Te escribo bajo un cansancio autodestructivo de las que emergen, madrugada tras madrugada, todas mis inquietudes. Mientras tanto, tú sueñas con bailes y canciones. Ahí estás. Bajo las sábanas, protegiéndote del mundo. Algún día entenderás que solo la inocencia, o tal vez la ignorancia son las únicas armas para enfrentarse a la vida. Sin herir y sin ser herido. Hasta entonces disfruta de los sueños, pequeña. Con el tiempo habrás reído mucho y llorado demasiado. No puedo imaginarlo. No quiero aceptarlo. Ese será otro cuento que quizá nunca quieras contar.

El universo entero conspiró nueve meses antes de su nacimiento. Allí estaba, mi pequeña camarada. Jamás olvidaré sus ojos, solo sabían ver… Insidiosa adultez. El olvido de la infancia y del sentir de los sentidos fue lo que desquició a los hombres. Qué más da, Laura me enseñó que todo lo demás es lo de menos. No me importa el resto, nada.

Pequeña escribo para agradecerte los sueños de bailes y canciones que trajiste a mis días. Hoy y ahora es el momento, aunque tenga los ojos cerrados y la mente extraviada por el sueño. Mañana me parece demasiado tarde…..


….y como escribió algún loco de los más cuerdos por haber y habido, en no sé qué pared, de no sé qué metro…


Que la vida va en serio….Bébetela en broma. Sorbito a sorbito. Sin que te amargue. Pero bébetela. Toda. Yo estaré aquí. Siempre. Como siempre, para que la pereza no te agarre ni la resaca tambalee tus pasos.

10/10/12

Marineros bravos de Londres

Esta tierra no huele, atufa a nervios sueltos. De noche, sabe a húmedo y a cajón abandonado. De día, a aliento de bostezo y bocas de metro. Es una ciudad con pena, de lágrima fácil, siempre con el rostro turbio, cansado, tiene una cara tan rendida como las expresiones ajenas que conozco y vuelvo a desconocer en los tiempos perdidos de espera. Pero ahora, hasta la mía me resulta distinta.

Creo que mudé la piel, o algo más interno, porque me escuece muy adentro por culpa del desazón que carga mi alma y esto es así desde que no veo mi calle Gracia, tan empinada en agosto como peligrosa en abril. Nunca supe que la echaría tanto de menos. A ella y a la pintoresca plazita San Agustín. En Londres, hay mucha pompa para albergar escondrijos así. Aquí lo único diminuto son las personas, trocitos de carne que deambulan igual que hormigas por encima y por debajo de la tierra, a todas horas y en todas partes. No existe la soledad sino solitarios y la tranquilidad se concentra en una taza de té. Remuevo ese sosiego, le pongo dos de azúcar y la infusión me devuelve morriña; barro en los zapatos de mi padre, tostadas de picadillo, olor a colegio de Laura, vaharadas a roseta quemada los viernes por la noche. Después, el recuerdo sale de paseo y siempre descansa frente a un paisaje de olivos. ¡Con las veces que cerré los ojos para imaginar otras vistas y ahora los entorno para volver a ellos! Era necesario venir aquí para darme cuenta que Jaén es la única ciudad en todo el mundo que sabe al bizcocho de limón de mamá.

Londres tiene magia aunque no encanto. Es tentadora, versátil, diversa, oportuna pero también ajena y distante. Digamos que seduce pero nunca llega a enamorar. El primer día que llegué recuerdo que me sentí como si acabara de penetrar, con una corrompida barca de madera, en un mar profundo salpicado de escollos. Sin salvavidas, sin remos y sin capitán. Con la misma angustia escalofriante de quien necesita respirar y todavía ve la superficie demasiado lejos. Casi seis meses después, algunas noches el agua me llega por debajo de la nariz. Por el momento, me mantengo a flote gracias a sostenes perecederos. Eso sí, tengo trabajo, el más caduco de todos mis soportes que, como un cuentagotas, dispensa el dinero muy lentamente pero absorbe la salud con mucha prisa. Sin embargo, lo que hiere de verdad es reconocer que le di "un tiempo" a esto del Periodismo. Lo dejé allí, dentro de una redacción local de mi pequeña ciudad. Muerto. Me obligaron a hacerlo. Como yo no calculo cuantos periodistas más. Así que cambié las noticias, las ruedas de prensa y mis temidas entradillas de ocho líneas por un "bareto" de diez mesas y un jefe explotador. Historia como la mía llenan las calles de Londres, anónimos valientes que salieron de España con muchas excusas bajo el brazo, entre ellas; aprender el idioma. A ellos, a los que navegan con barcas de madera en esta odisea, van dedicadas estas líneas.