15/10/12

Trece años después...Laura.


Para Laura. Mi pequeña e inoportuna Laura.... llegaste en el mejor momento.

Te escribo en una noche cualquiera de insomnio. En un desvelo de minutos peligrosos y horas letales. Mientras tanto, tú sueñas con cantar y ser actriz. Te escribo bajo un cansancio autodestructivo de las que emergen, madrugada tras madrugada, todas mis inquietudes. Mientras tanto, tú sueñas con bailes y canciones. Ahí estás. Bajo las sábanas, protegiéndote del mundo. Algún día entenderás que solo la inocencia, o tal vez la ignorancia son las únicas armas para enfrentarse a la vida. Sin herir y sin ser herido. Hasta entonces disfruta de los sueños, pequeña. Con el tiempo habrás reído mucho y llorado demasiado. No puedo imaginarlo. No quiero aceptarlo. Ese será otro cuento que quizá nunca quieras contar.

El universo entero conspiró nueve meses antes de su nacimiento. Allí estaba, mi pequeña camarada. Jamás olvidaré sus ojos, solo sabían ver… Insidiosa adultez. El olvido de la infancia y del sentir de los sentidos fue lo que desquició a los hombres. Qué más da, Laura me enseñó que todo lo demás es lo de menos. No me importa el resto, nada.

Pequeña escribo para agradecerte los sueños de bailes y canciones que trajiste a mis días. Hoy y ahora es el momento, aunque tenga los ojos cerrados y la mente extraviada por el sueño. Mañana me parece demasiado tarde…..


….y como escribió algún loco de los más cuerdos por haber y habido, en no sé qué pared, de no sé qué metro…


Que la vida va en serio….Bébetela en broma. Sorbito a sorbito. Sin que te amargue. Pero bébetela. Toda. Yo estaré aquí. Siempre. Como siempre, para que la pereza no te agarre ni la resaca tambalee tus pasos.

10/10/12

Marineros bravos de Londres

Esta tierra no huele, atufa a nervios sueltos. De noche, sabe a húmedo y a cajón abandonado. De día, a aliento de bostezo y bocas de metro. Es una ciudad con pena, de lágrima fácil, siempre con el rostro turbio, cansado, tiene una cara tan rendida como las expresiones ajenas que conozco y vuelvo a desconocer en los tiempos perdidos de espera. Pero ahora, hasta la mía me resulta distinta.

Creo que mudé la piel, o algo más interno, porque me escuece muy adentro por culpa del desazón que carga mi alma y esto es así desde que no veo mi calle Gracia, tan empinada en agosto como peligrosa en abril. Nunca supe que la echaría tanto de menos. A ella y a la pintoresca plazita San Agustín. En Londres, hay mucha pompa para albergar escondrijos así. Aquí lo único diminuto son las personas, trocitos de carne que deambulan igual que hormigas por encima y por debajo de la tierra, a todas horas y en todas partes. No existe la soledad sino solitarios y la tranquilidad se concentra en una taza de té. Remuevo ese sosiego, le pongo dos de azúcar y la infusión me devuelve morriña; barro en los zapatos de mi padre, tostadas de picadillo, olor a colegio de Laura, vaharadas a roseta quemada los viernes por la noche. Después, el recuerdo sale de paseo y siempre descansa frente a un paisaje de olivos. ¡Con las veces que cerré los ojos para imaginar otras vistas y ahora los entorno para volver a ellos! Era necesario venir aquí para darme cuenta que Jaén es la única ciudad en todo el mundo que sabe al bizcocho de limón de mamá.

Londres tiene magia aunque no encanto. Es tentadora, versátil, diversa, oportuna pero también ajena y distante. Digamos que seduce pero nunca llega a enamorar. El primer día que llegué recuerdo que me sentí como si acabara de penetrar, con una corrompida barca de madera, en un mar profundo salpicado de escollos. Sin salvavidas, sin remos y sin capitán. Con la misma angustia escalofriante de quien necesita respirar y todavía ve la superficie demasiado lejos. Casi seis meses después, algunas noches el agua me llega por debajo de la nariz. Por el momento, me mantengo a flote gracias a sostenes perecederos. Eso sí, tengo trabajo, el más caduco de todos mis soportes que, como un cuentagotas, dispensa el dinero muy lentamente pero absorbe la salud con mucha prisa. Sin embargo, lo que hiere de verdad es reconocer que le di "un tiempo" a esto del Periodismo. Lo dejé allí, dentro de una redacción local de mi pequeña ciudad. Muerto. Me obligaron a hacerlo. Como yo no calculo cuantos periodistas más. Así que cambié las noticias, las ruedas de prensa y mis temidas entradillas de ocho líneas por un "bareto" de diez mesas y un jefe explotador. Historia como la mía llenan las calles de Londres, anónimos valientes que salieron de España con muchas excusas bajo el brazo, entre ellas; aprender el idioma. A ellos, a los que navegan con barcas de madera en esta odisea, van dedicadas estas líneas.








11/1/12

Estoy cansada de majaras, de verdad


(Gran caricatura periodística de Bonil)

Buah!, estoy cansada de majaras, de verdad. Aunque los peores son los majaras pesimistas, esos sí que no lo soporto. Al menos, de los majaras optimistas, te ríes, de ellos o con ellos, pero te ríes. Majaras hay muchos, muchísimos y cuando ejercen se llaman "embaucadores públicos". Son tipos particulares a los que le encanta revolotear entre historias absurdas, de corbatas limpias y manos sucias, entre cuentos mitológicos y timos de la estampita. Ven con su tercer ojo, porque sí, tienen tres ojos, como Shivá, por eso saben de todas las cosas, y con esa especie de ocelo destructor manipulan el pasado, presente y futuro de cualquier ser terrenal. Luego, si ascienden en su gremio, adoptan el perfil egipcio -mano delante, otra detrás y falso perfil-, pero después ya se sabe.... para ser faraón se necesita de un don divino. Los odio, tanto que se me descompone el estómago cuando los huelo. De cerca, hieden a carroña. Hay tantos majaras y tan diversos que ya me cuesta clasificarlos aunque, por lo general, todos coinciden en algo: son sicarios morales. Como tales matan a sueldo, sin vergüenza, a lo que sí se puede llamar Periodismo y a esos profesionales que tambalean entre el paro y el olvido.

Estoy cansada de majaras, de verdad. Joder, de los pesimistas, de esos sobre todo, de la carcoma que se lamenta de la crisis periodística mientras se relamen desde sus agujeros. Al menos, de los majaras optimistas, te ríes.... por no llorar.

Una plaga de seudoperiodistas y seudomagnates comunicativos flotan como la escoria sobre un océano de profesionales...y ahora, después de haber permitido que los primeros despojos de este mundillo sedimentaran en lo más profundo, nos quejamos: ¡crisis, crisis, crisis! pero en fin, eso del conformismo se nos da muy bien...hasta que no presente en Intereconomía Carod- Rovira... pssss Así nos luce el pelo.

22/5/11

SUEÑOS HUNDIDOS




Despertó más desolado que nunca. La primavera traía añoranzas salinas y doradas, y aquella mañana un sol ajeno le abrasó hasta los tuétanos. Nereo se asomó por la ventana. Miasmas callejeros le abofetearon. Asco de vida, pensó y el paisaje aplastó sus ilusiones.


Nereo era un escritor de los que escriben penas para dejarlas podrir en una gaveta. Tras casi un siglo de angustias y anhelos, de poemarios albertianos de bahías y puertos perdidos, el cajón despedía efluvios de lamentos fermentados, un tufo que impregnaba hasta lo impenetrable. El viejo, pegado al mar como rémora a los cuerpos flotantes, fue arrancado de las aguas cuando su padre, pescador devoto de pescaditos y fieras oceánicas, murió en un periplo cubano mientras buscaba al pez más sabroso del mundo. Una cena prometida que jamás presentó a su esposa. Desde entonces, Nereo no volvió a pincharse con la barba de ningún arponcillo, ni los gusanos le mordisquearon más los dedos. El amor maternal y la locura marital de la misma mujer le alejaron de los cardúmenes atuneros. Ahora, paseaba por calles del purgatorio con el rostro desencajado de la pena.


Postrado en la cristalera, se imaginó echando anzuelos al mar, rescatando al pez más sabroso del mundo para comérselo sin prisa, desmenuzando su anatomía acuática en busca de la carne del pecado. Ensimismado, Nereo sintió un agüilla inventada de alta mar empapando sus brazos. Amaba los escualos voraces y la plata de los atunes. Miró al cielo, que era lo más parecido al océano y vomitó a las alturas maldiciones y juramentos. Deseaba tanto empuñar la caña que proclamó al viento una muerte prematura para mezclarse, hecho ceniza, con el salitre de las olas. Recordó otras primaveras, cuando comprobaba aparejos y toqueteaba los sedales. Cerró la ventana, aquel día la peste del cajón de los lamentos inundó la ciudad.

11/4/11

El réquiem de Narciso.

No recuerdo el día en el que fallecí. Sólo sé que masticaba una acerba mezcolanza de dejadez y agotamiento. Las personas que estuvieron en mi entierro balbuceaban la causa de mi muerte, “le han roto el corazón”, decían. Lo cierto es que empeoré demasiado cuando presentí los desaires de su mirada. Desde entonces, aunque sólo en los días pares y en los impares, del pensamiento comenzaron a gotear lágrimas de ácido. Su mordaz recorrido tintineaba al chocar con un alma de cristal que acabó por romperse. Y así, ya más hueso que carne y más objeto que persona, acepté lo inaceptable. Me abandoné. Tal vez un abrazo en ese momento hubiera bastado para resurgir, sin embargo, el cariño no llegó o yo no supe reconocerlo. Pasaron las semanas mientras la mente devoraba a un corazón que olvidó quererse. Poco a poco, de tanto engullir ilusiones flacas, una bulimia de amor destrozó mi cuerpo y un delirio acabó con la razón.


Me desperté con el sonido de unas palpitaciones embravecidas. Desvalijada, sola, pero feliz. Aprendí a lamer mis heridas. Las absurdas ganas de reír por nada, la tranquilidad, el cariño, la curiosidad, aparecieron con cada lengüetazo. Nació el respeto, ahora me quería. Fue el inicio de un idilio conmigo misma que juré no volver a traicionar. A veces, cuando ya no hay nada más que perder, el dolor escarba en las entrañas y encuentra atisbos de una dilección que espera ser correspondida. Nunca es demasiado tarde para conmover y ser conmovido. El ser humano siempre tendrá la oportunidad de reinventarse mientras “des-amor” termine en amor y los finales sigan siendo el comienzo de algo nuevo.