11/1/12

Estoy cansada de majaras, de verdad


(Gran caricatura periodística de Bonil)

Buah!, estoy cansada de majaras, de verdad. Aunque los peores son los majaras pesimistas, esos sí que no lo soporto. Al menos, de los majaras optimistas, te ríes, de ellos o con ellos, pero te ríes. Majaras hay muchos, muchísimos y cuando ejercen se llaman "embaucadores públicos". Son tipos particulares a los que le encanta revolotear entre historias absurdas, de corbatas limpias y manos sucias, entre cuentos mitológicos y timos de la estampita. Ven con su tercer ojo, porque sí, tienen tres ojos, como Shivá, por eso saben de todas las cosas, y con esa especie de ocelo destructor manipulan el pasado, presente y futuro de cualquier ser terrenal. Luego, si ascienden en su gremio, adoptan el perfil egipcio -mano delante, otra detrás y falso perfil-, pero después ya se sabe.... para ser faraón se necesita de un don divino. Los odio, tanto que se me descompone el estómago cuando los huelo. De cerca, hieden a carroña. Hay tantos majaras y tan diversos que ya me cuesta clasificarlos aunque, por lo general, todos coinciden en algo: son sicarios morales. Como tales matan a sueldo, sin vergüenza, a lo que sí se puede llamar Periodismo y a esos profesionales que tambalean entre el paro y el olvido.

Estoy cansada de majaras, de verdad. Joder, de los pesimistas, de esos sobre todo, de la carcoma que se lamenta de la crisis periodística mientras se relamen desde sus agujeros. Al menos, de los majaras optimistas, te ríes.... por no llorar.

Una plaga de seudoperiodistas y seudomagnates comunicativos flotan como la escoria sobre un océano de profesionales...y ahora, después de haber permitido que los primeros despojos de este mundillo sedimentaran en lo más profundo, nos quejamos: ¡crisis, crisis, crisis! pero en fin, eso del conformismo se nos da muy bien...hasta que no presente en Intereconomía Carod- Rovira... pssss Así nos luce el pelo.

22/5/11

SUEÑOS HUNDIDOS




Despertó más desolado que nunca. La primavera traía añoranzas salinas y doradas, y aquella mañana un sol ajeno le abrasó hasta los tuétanos. Nereo se asomó por la ventana. Miasmas callejeros le abofetearon. Asco de vida, pensó y el paisaje aplastó sus ilusiones.


Nereo era un escritor de los que escriben penas para dejarlas podrir en una gaveta. Tras casi un siglo de angustias y anhelos, de poemarios albertianos de bahías y puertos perdidos, el cajón despedía efluvios de lamentos fermentados, un tufo que impregnaba hasta lo impenetrable. El viejo, pegado al mar como rémora a los cuerpos flotantes, fue arrancado de las aguas cuando su padre, pescador devoto de pescaditos y fieras oceánicas, murió en un periplo cubano mientras buscaba al pez más sabroso del mundo. Una cena prometida que jamás presentó a su esposa. Desde entonces, Nereo no volvió a pincharse con la barba de ningún arponcillo, ni los gusanos le mordisquearon más los dedos. El amor maternal y la locura marital de la misma mujer le alejaron de los cardúmenes atuneros. Ahora, paseaba por calles del purgatorio con el rostro desencajado de la pena.


Postrado en la cristalera, se imaginó echando anzuelos al mar, rescatando al pez más sabroso del mundo para comérselo sin prisa, desmenuzando su anatomía acuática en busca de la carne del pecado. Ensimismado, Nereo sintió un agüilla inventada de alta mar empapando sus brazos. Amaba los escualos voraces y la plata de los atunes. Miró al cielo, que era lo más parecido al océano y vomitó a las alturas maldiciones y juramentos. Deseaba tanto empuñar la caña que proclamó al viento una muerte prematura para mezclarse, hecho ceniza, con el salitre de las olas. Recordó otras primaveras, cuando comprobaba aparejos y toqueteaba los sedales. Cerró la ventana, aquel día la peste del cajón de los lamentos inundó la ciudad.

11/4/11

El réquiem de Narciso.

No recuerdo el día en el que fallecí. Sólo sé que masticaba una acerba mezcolanza de dejadez y agotamiento. Las personas que estuvieron en mi entierro balbuceaban la causa de mi muerte, “le han roto el corazón”, decían. Lo cierto es que empeoré demasiado cuando presentí los desaires de su mirada. Desde entonces, aunque sólo en los días pares y en los impares, del pensamiento comenzaron a gotear lágrimas de ácido. Su mordaz recorrido tintineaba al chocar con un alma de cristal que acabó por romperse. Y así, ya más hueso que carne y más objeto que persona, acepté lo inaceptable. Me abandoné. Tal vez un abrazo en ese momento hubiera bastado para resurgir, sin embargo, el cariño no llegó o yo no supe reconocerlo. Pasaron las semanas mientras la mente devoraba a un corazón que olvidó quererse. Poco a poco, de tanto engullir ilusiones flacas, una bulimia de amor destrozó mi cuerpo y un delirio acabó con la razón.


Me desperté con el sonido de unas palpitaciones embravecidas. Desvalijada, sola, pero feliz. Aprendí a lamer mis heridas. Las absurdas ganas de reír por nada, la tranquilidad, el cariño, la curiosidad, aparecieron con cada lengüetazo. Nació el respeto, ahora me quería. Fue el inicio de un idilio conmigo misma que juré no volver a traicionar. A veces, cuando ya no hay nada más que perder, el dolor escarba en las entrañas y encuentra atisbos de una dilección que espera ser correspondida. Nunca es demasiado tarde para conmover y ser conmovido. El ser humano siempre tendrá la oportunidad de reinventarse mientras “des-amor” termine en amor y los finales sigan siendo el comienzo de algo nuevo.

No se hace buena literatura con buenas intenciones ni con buenos sentimientos...

Recurro a una cita de André Guide para abrir una nueva linea en este blog perdido....porque sinceramente no me importa ser una mala persona mientras escribo.... Aquí van algunas creaciones... demasiado alejadas del periodismo...y, sin embargo, tan cercanas a quien las escribe...

19/10/10

DE OFICIOS MALDITOS...


De pronto, un errante callejero, de esos que entorpecen los modales cosmopolitas de los ciudadanos exquisitos, me dijo una vez; “No subestimes las palabras de un desconocido porque nunca se sabe a quien puedes tener delante”. Aquellas frases quedaron tatuadas en mi mente. No sé si fue por la insólita relación entre la cordura de su sentencia y el extravagante personaje, pero jamás he valorado tanto un consejo. Desde entonces, escondí la toga y el mazo, que jueces ya hay muchos y de todas las calañas y empecé a pensar que tal vez el periodismo saldría un poco del fango si se pusieran en práctica las providencias de aquel loco sensato.

Pero como vivimos en el mundo de las apariencias ¡Viva las mujeres L´Oreal y los duques de traje y corbata! Para ellos, el protagonismo, la fama y las mejores franjas horarias. Son líderes de masas, ejemplos a seguir, modelos de la sociedad del oír, ver, callar y disfrutar. Tienen carisma y lo mejor de todo; miles de altavoces dispuestos a retrasmitir su mensaje trascendental. Mientras tanto, el resto de los mortales buscan el orificio por el que poder alzar su voz.
Pedro Cárdenas irradia sencillez, humildad, es un ser humano que pasaría desapercibido incluso delante de mirones. La autoridad, el talante combatiente domina, no obstante, su forma de mirar y es que sin quererlo tiene bríos para hablar con los ojos. El resto de bravura cabalga en cada uno de sus escritos. Cárdenas es un periodista colombiano. Un desconocido de esos que son subestimados… aquel vagabundo, con más alcohol que sangre en las venas, resultó tener razón.

En el programa informativo de TVE, En Portada, el reportaje MALDITO OFICIO removió mi conciencia profesional. En él se recordaba la labor de periodistas que arriesgan la vida por sacar a flote las oscuras realidades de distintos lugares del planeta. Una labor ignorada por muchos, reconocida por algunos y amiga de muy pocos. En esos extraordinarios quehaceres se enmarca la historia de Cárdenas. Un “don nadie” en el circo de los tendenciosos, sensacionalistas, altaneros y serviles comunicativos. Un héroe sin medias tintas para los maquis de papel y lápiz.

La empresa mediática de Pedro Cárdenas se aleja mucho del imperio de Rupert Murdoch o Pulitzer. Tanto por razones de forma como de fondo. Sin más infraestructuras que el apoyo familiar, dedicó casi toda su existencia a lo que él llamaba el "mejor oficio del mundo", difundir la verdad en un campo de minas. Perseguido, amenazado y extorsionado, sintió en sus propias carnes lo que cuesta, aún en el siglo XXI, la libertad. El resto de lo que diría o podría haber dicho en estas lineas está de más, cada cual que halle en el documental sus propios sentimentos.